Del Sáhara a Ceuta y Melilla: la frontera que Marruecos quiere mover
Un analista saharaui sostiene que la avalancha migratoria de este verano en Ceuta no fue un episodio aislado, sino una pieza más de una estrategia de Rabat que empezó a fraguarse hace cuatro años con el giro español sobre el Sáhara Occidental.
La crisis de Ceuta de este verano no empezó el día en que miles de personas se lanzaron a nadar hacia la frontera. Según recogió ABC en un análisis firmado por el analista y activista saharaui Taleb Alisalem, el episodio de finales de julio, en el que llegaron a la ciudad autónoma cerca de 60.000 migrantes en una sola semana y en el que murieron al menos 72 personas, tiene una raíz que hay que rastrear cuatro años atrás.
El giro de hace cuatro años
Ese punto de inflexión es, según el análisis, el cambio de posición de España sobre el Sáhara Occidental en 2022, cuando el Gobierno de Pedro Sánchez pasó de la neutralidad histórica a respaldar el plan marroquí de autonomía como base para resolver el conflicto. La decisión, comunicada por carta a Mohamed VI, llegó apenas un año después de que Rabat abriera la frontera de Ceuta a miles de personas en mayo de 2021 en represalia por la hospitalización en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali.
Ese precedente, sostiene Alisalem, fijó un patrón: presión migratoria en la valla seguida de una recompensa diplomática para Marruecos. La crisis de este agosto se desencadenó, de nuevo, después de que España admitiera de forma discreta a Ghali en un hospital para recibir tratamiento médico, lo que Rabat interpretó como una afrenta. A eso se sumó, según distintos medios, la difusión en redes de mensajes que aseguraban falsamente que España había abierto sus fronteras, en una lectura interesada de una sentencia del Tribunal Supremo del 8 de julio que prohibía las devoluciones en caliente por mar.
La lectura de un activista saharaui
Alisalem, una de las voces saharauis más seguidas en los medios españoles durante la crisis, defiende que Rabat no improvisa: describe una estrategia en tres fases que arranca con el aumento deliberado de la tensión en la frontera, sigue con la oferta de Marruecos como socio fiable para desescalar a cambio de contrapartidas, y termina abriendo el debate sobre el estatuto legal y político de Ceuta y Melilla.
Lo que se está preparando es que el gran logro sea recuperar Ceuta y Melilla
El activista ha insistido en distintas entrevistas, recogidas por Cope y otros medios, en que la Constitución marroquí señala lo que Rabat llama su «verdadera frontera», que incluiría no solo el Sáhara Occidental sino también Ceuta, Melilla y, según esa lectura, hasta Canarias. Para Alisalem, la contradicción es evidente: Marruecos mantiene desde hace más de cuarenta años un dispositivo militar y un muro de miles de kilómetros para sellar el Sáhara Occidental, lo que demuestra que sabe vigilar una frontera cuando le interesa.
El silencio del Gobierno
La parte más incómoda del análisis, sin embargo, es la que apunta hacia Moncloa. Alisalem considera que la respuesta del Ejecutivo español a la crisis, marcada por la falta de una condena clara a la instrumentalización de la frontera y por el silencio ante el discurso marroquí sobre Ceuta y Melilla, resulta difícil de justificar. En paralelo, el PP ha reclamado explicaciones y ha llevado al Gobierno ante el Tribunal Supremo por no comparecer en el Senado para dar cuenta de la gestión de la crisis, un pulso que sigue abierto semanas después de los hechos.
Sobre el terreno, la tensión no ha desaparecido. Este mismo fin de semana se ha vivido una nueva noche de violencia en Ceuta, con tres marroquíes detenidos por robar a un guardia civil y una joven agredida con un arma blanca en el cuello, episodios que alimentan la sensación de que la crisis migratoria de julio dejó heridas que la ciudad autónoma todavía no ha cerrado.
Queda por ver si el Gobierno cambia de estrategia ante Rabat o si, como sugiere el análisis de Alisalem, opta de nuevo por priorizar la estabilidad a corto plazo en la valla sobre una respuesta firme al desafío territorial que, según su lectura, Marruecos plantea cada vez con menos disimulo.
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