Sánchez y Trump sellan una tregua en el palco de la final del Mundial
En el palco de honor del MetLife Stadium se sentaron juntos líderes que llevan meses cruzándose reproches. El fútbol logró lo que la diplomacia no había conseguido: un apretón de manos.
El palco más codiciado del planeta reunió el domingo, para la final del Mundial 2026 entre España y Argentina, a un grupo de dirigentes que hasta ayer parecían irreconciliables. Según El Mundo, en el palco de honor del MetLife Stadium de Nueva Jersey coincidieron el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el del país organizador, Donald Trump, los de los coorganizadores, la mexicana Claudia Sheinbaum y el canadiense Mark Carney, y el del equipo finalista y favorito, Pedro Sánchez, junto a los Reyes de España. Un cóctel de socialistas, liberales y conservadores con visiones del mundo casi opuestas.
Meses de reproches
El encuentro tenía morbo por todo lo que había detrás. De acuerdo con el relato de El Mundo, Trump ha arremetido en incontables ocasiones contra sus vecinos del norte y del sur, con aranceles, ofensas e incluso alusiones a una posible anexión o al uso de tropas. A España y a Sánchez en particular les ha reprochado hasta media docena de veces el escaso gasto en Defensa o la negativa a dejarle usar las bases para atacar Irán, llegando a especular con sanciones o con una expulsión de la OTAN.
El propio medio recuerda un episodio revelador: a principios de mes, en Turquía, Trump habría dado órdenes de que nadie recibiera a un alto cargo español. Apenas unas semanas después, en Nueva Jersey, tendió la mano. Literalmente. La imagen que queda, según El Mundo, es la de Sánchez distendido estrechando la mano de quien días antes había calificado a España poco menos que de desgracia, con el Rey Felipe de pie a su lado y la Reina conversando con Infantino.
El deporte como pasillo
El episodio se inscribe en una vieja tradición: el deporte como puente cuando la diplomacia choca con un muro. El diario subraya que los grandes torneos no sustituyen a las cumbres ni se parecen a una negociación formal, pero con dirigentes como Trump, poco interesados en el juego y encantados con una audiencia estimada en 1.600 millones de personas, funcionan como una oportunidad para rebajar la temperatura y reabrir canales. En un Mundial, apunta El Mundo, el palco principal es un coto político cerrado, la ocasión de acercarse a Trump sin las cámaras de la Casa Blanca ni el ambiente de Mar-a-Lago.
A su llegada al estadio, Sánchez se mostró conciliador. "Estamos ante la final soñada ante un país muy querido como Argentina. Es un día que recordaremos todos", declaró según el diario, antes de recurrir al refranero futbolístico: "Como dijo Luis Aragonés, las finales no se juegan, se ganan. Que gane el mejor y que el mejor sea sin duda España". El presidente añadió que España "es admirada y querida por defender unos valores y principios" y adelantó que felicitaría a Trump por los 250 años de independencia de Estados Unidos y por el éxito del torneo.
No tengo ninguna tensión con nadie
El guion de la jornada estaba pensado para halagar al anfitrión. El Mundo describe un despliegue de artistas estadounidenses y estrellas afines a Trump, con Tom Cruise proclamando en los prolegómenos que el torneo "unió al mundo". En el palco principal, junto al presidente, su familia y la del secretario de Estado, Marco Rubio, se sentaron Cristiano Ronaldo y Harry Kane. Por parte española, los ministros José Manuel Albares, de Exteriores, y el vicepresidente Carlos Cuerpo seguían el partido repartidos por el estadio.
Qué queda de la foto
Horas después, ya de regreso a Washington, Trump aseguró haber felicitado a España "por tener un gran equipo" y negó cualquier fricción. "No tengo ninguna tensión con nadie", dijo según El Mundo, preguntado por sus reproches recurrentes a Madrid, y admitió que la selección "parecía que dominaba" en la final. Sobre el gran duelo del partido, se limitó a un cálculo deportivo: "Es difícil apostar en contra de Messi. No elegiré bandos".
Sería ingenuo, concluye el diario, pensar que una charla y una entrega de medallas resuelven los desacuerdos comerciales o militares. Ningún gol borra las discrepancias sobre Defensa, la OTAN o los aranceles, y la tregua del palco puede evaporarse en el primer choque que vuelva a Washington. Pero, con un presidente tan sensible al éxito ajeno, la escena deja una pregunta abierta: si el fútbol basta para arrancar un apretón de manos, queda por ver cuánto dura fuera del estadio.
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