Meloni abre la carrera por el Quirinal y rompe el tabú de un presidente de derechas en Italia
La primera ministra italiana ha declarado que un jefe de Estado que no sea de centroizquierda «ya no debería ser tabú», desatando un terremoto político a tres años de que expire el mandato de Sergio Mattarella.
En la política italiana pocos gestos son inocentes, y las palabras de Giorgia Meloni en televisión la semana pasada no lo fueron en absoluto. La primera ministra afirmó, con tono medido pero cargado de intención, que «se puede superar el tabú de un presidente de la República que no sea de centroizquierda». La frase, aparentemente genérica, ha funcionado como una bengala en la noche romana: todo el arco parlamentario sabe ya que la derecha italiana reclama su turno en el Quirinal.
El hashtag #CollePanEMolla (un juego de palabras con «il Colle», apodo del palacio presidencial, y la expresión «pan e molla», algo así como «tira y afloja») se convirtió en tendencia en la red social X para describir la estrategia de Meloni: chocar con el Quirinal cuando le conviene y reconciliarse cuando le resulta útil. Es la descripción perfecta de una maniobra a largo plazo que mezcla provocación calculada con pragmatismo institucional.
El mandato de Sergio Mattarella no expira hasta 2029, pero en Roma los tiempos políticos no coinciden con los constitucionales. El Parlamento que salga de las próximas elecciones generales, previstas para 2027, será el encargado de elegir a su sucesor. Meloni, según varios analistas citados por Affari Italiani y Linkiesta, quiere llegar a esa cita con la partida ya jugada: que la candidatura de la derecha no sea una concesión arrancada en el último momento, sino una propuesta legítima asumida con años de antelación.
El constitucionalista Sabino Cassese, una de las voces jurídicas más respetadas del país, zanjó la cuestión legal: «Desde el punto de vista constitucional no hay obstáculos, siempre que el candidato tenga al menos 50 años, goce de derechos civiles y políticos y sea elegido por el Parlamento en sesión conjunta», declaró a medios italianos. La Constitución italiana, en efecto, no establece filtro ideológico alguno para la jefatura del Estado.
La reacción del centroizquierda no se hizo esperar. Matteo Renzi, según recoge Today.it, acusó a Meloni de haber «destruido Italia» y de ser «el felpudo de Trump», en un intento de vincular la ambición quirinalicia con la percepción de sumisión atlantista. Desde la izquierda parlamentaria, el temor es doble: que la derecha rompa una convención no escrita que ha prevalecido desde la elección de Giorgio Napolitano, y que el debate sobre el Colle contamine la campaña electoral de 2027.
Lo cierto es que la relación entre Palazzo Chigi (sede del Gobierno) y el Quirinal lleva meses oscilando entre la tensión y la tregua. En noviembre de 2025, unas declaraciones de Francesco Saverio Garofani, consejero del presidente Mattarella, provocaron un choque abierto con Fratelli d'Italia. Meloni subió al Quirinal, se reunió con el presidente y ambas partes declararon que «no había conflicto institucional». Pero la sospecha de que sí lo había quedó instalada en la opinión pública.
En abril de 2026, según Il Foglio, el enfrentamiento se reavivó a propósito de la política migratoria. El Quirinal llamó al «respeto entre instituciones» tras un decreto del Gobierno que, a juicio del entorno presidencial, forzaba los límites constitucionales. Meloni respondió con un nuevo «affondo» (embestida, en el léxico político romano) que dejó claro que la premier no estaba dispuesta a ceder terreno.
Los sondeos añaden complejidad al tablero. Según una encuesta difundida por BiDiMedia el pasado 2 de julio, Mario Draghi sigue siendo el candidato mejor valorado para la presidencia (un 48 % lo considera «adecuado»), seguido de la propia Meloni (38 %) y Pier Luigi Bersani (35 %). Sin embargo, un 56 % de los italianos pide que el próximo presidente no sea «una figura divisiva», lo que juega en contra de la primera ministra, cuyo perfil polariza por definición.
Desde el punto de vista estratégico, Meloni camina sobre un alambre. Si aspira al Quirinal, tendría que abandonar Palazzo Chigi, y con ello el control directo del Gobierno y de Fratelli d'Italia. Si impulsa a un candidato afín, debe convencer a sus socios de coalición (Lega y Forza Italia) de que no es una jugada para acaparar más poder. En ambos escenarios, el «tira y afloja» con Mattarella le sirve para tantear hasta dónde llega el margen institucional antes de dar el paso.
Para España, el debate italiano no es ajeno. La figura del jefe de Estado como contrapeso del Gobierno es una discusión que resurge periódicamente a ambos lados de los Alpes. Si Italia normaliza que el presidente de la República pueda ser abiertamente de derechas, el precedente pesará en toda Europa, donde la tradición ha favorecido perfiles de consenso para las magistraturas supremas.
Lo que queda por ver es si #CollePanEMolla pasará de ser un meme político a convertirse en una estrategia con fecha y candidato. Faltan tres años, pero en Roma el reloj del Quirinal ya ha empezado a correr.
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