El avión de todos para la orla de uno
Un Airbus del Ejército del Aire lleva al presidente de la cumbre de la OTAN a la graduación de su hija. Lo público y lo privado, otra vez, viajando en el mismo asiento. Y pagando, como siempre, el mismo de siempre.
Hay imágenes que no necesitan pie de foto porque el pie lo pone uno solo, sin querer, mientras las mira. La de esta semana es un avión del Ejército del Aire, un Airbus de los que pagamos entre todos, aterrizando en Reino Unido no por un asunto de Estado, sino para que el presidente del Gobierno llegue a tiempo a la graduación de su hija. Enhorabuena a la muchacha. La factura, para el resto.
Que nadie me malinterprete, que aquí venimos con la espada por delante pero con las cuentas claras. Ningún padre merece reproche por querer estar en la orla de su hija. Faltaría más. El reproche, que es otra cosa, empieza cuando ese padre resulta ser el presidente del Gobierno de España y el taxi hasta la ceremonia es un aparato militar. El cariño es privado. El queroseno, no.
Pongamos los números
Pongamos los números sobre la mesa, que es donde mejor se ven. Según El Español, el trayecto del Airbus que llevó a Pedro Sánchez de la cumbre de la OTAN en Ankara a suelo británico rondó los 18.253 euros. Sumado el baile completo de aeronaves, dos Falcon incluidos para repatriar a los ministros, el conjunto de los vuelos se acerca a los 74.822 euros. Setenta y cuatro mil. Para que se hagan una idea, es el sueldo de varios españoles durante un año entero, evaporado en unas horas de vuelo.
Y aquí es donde la historia deja de ser una anécdota de agenda para convertirse en un síntoma. Porque lo de fondo no es un viaje, es una manera de entender el poder. La de quien ha llegado a confundir de tal modo su vida y la del país que ya ni distingue cuándo usa lo suyo y cuándo usa lo nuestro. El que manda de verdad no roba relojes: normaliza que el Estado sea una prolongación de su casa.
El que manda de verdad no roba relojes: normaliza que el Estado sea una prolongación de su casa.
El otro vuelo de Begoña
Al lado de esta estampa camina otra que conviene no perder de vista. Begoña Gómez, investigada por el juez Peinado y con el pasaporte bajo control judicial, obtuvo del magistrado sustituto permiso para acudir también a la graduación, aunque no a la cumbre. Es decir: mientras la justicia le mide los pasos por una causa de presunta corrupción, la familia se reagrupa en Reino Unido como si tal cosa. Cada uno con su vuelo, eso sí. Las formas, cuando conviene, se cuidan.
Me dirán que es legal, y probablemente lo sea. Pero no todo lo que cabe en la ley cabe en la decencia. Un presidente que predica justicia social y austeridad para el vecino no puede subirse a un avión militar para un acto privado y pretender que aquí no ha pasado nada. La ejemplaridad, esa palabra que tanto les gusta en los discursos, se demuestra precisamente en los detalles pequeños. En quién paga el billete.
Un país que no perdona
España es un país generoso, que perdona casi todo menos que le tomen por tonto. Y esta semana, con un Airbus del Estado haciendo de coche de novios rumbo a una orla, a más de uno le ha quedado la sensación de que le miran por encima del hombro desde treinta mil pies. Nos hablan de lo público y lo privado como si supieran dónde está la raya. El problema es que la raya la conocen perfectamente. Solo que, cuando les conviene, hacen como que no la ven.
Cierro como empecé, sin rencor pero sin rebajas. Que su hija disfrute del título, faltaría más. Y que el presidente, la próxima vez que quiera celebrar algo en familia, lo haga como cualquier hijo de vecino: con su dinero, en su asiento y sin pasarle la cuenta a cuarenta y siete millones de españoles que esa mañana estaban trabajando.
Si has llegado hasta aquí, es que esto te importa.