Una nación no cabe en un formulario
Un millón largo de solicitudes de regularización tramitadas casi por internet. El país más viejo de Europa cree que su futuro se decide con un clic.
Los imperios no naufragan por las tormentas. Naufragan por los capitanes que confunden el timón con un mando a distancia. Y a España la gobierna hoy una tripulación que ha descubierto que refundar un país es más cómodo si se hace desde el sofá, con un impreso y una contraseña.
Un millón de solicitudes
Los números los pone el propio Gobierno, así que no habrá que fiarse de agoreros. Según la Secretaría de Estado de Migraciones, 1.174.978 personas solicitaron la regularización extraordinaria. De ellas, 609.737 fueron admitidas a trámite y apenas unas 11.000 se han resuelto de forma definitiva. El 83,2 por ciento presentó la solicitud por vía telemática. Un millón de vidas, un millón de historias, gestionadas con la misma frialdad con la que se renueva el seguro del coche.
Entiéndeme bien, porque aquí es fácil torcer las palabras. No es contra quien viene a trabajar, a levantarse a las seis y a sostener con sus manos la España que otros desprecian desde un despacho. La inmensa mayoría merece respeto, y muchos más gratitud. Mi cuchillo no busca al que llega. Busca al que decide, al que dispone del rostro de una nación como quien reparte cartas y ni siquiera pregunta a la mesa.
Porque eso es lo que ha ocurrido. La composición de un pueblo, que es la herencia de veinte siglos y de un puñado de batallas que hoy nadie se atreve a nombrar, se ha alterado por decreto y a golpe de clic, sin debate, sin urnas de por medio, sin más liturgia que un panel de solicitudes. Las cosas serias se hacen a cara descubierta y de frente. Esta se ha hecho de espaldas, que es como se hacen las que uno sabe que no resistirían la luz.
La comedia de la eficacia
Y luego está la comedia de la eficacia. Un millón de expedientes y once mil resueltos. Es decir, ni siquiera la chapuza les ha salido redonda. Prometen orden y entregan un atasco monumental, prometen integración y firman una lista de espera, prometen humanidad y despachan almas por lotes. La misma élite que se envuelve en la bandera de la compasión trata a las personas como estadística cuando la foto ya se ha hecho.
Prometen orden y entregan un atasco monumental.
Que nadie me venga con lecciones de corazón. El corazón se demuestra dando a cada cual un proceso digno, no soltando a un millón de seres humanos en el limbo de un permiso temporal para que engorden un titular de julio. Eso no es generosidad. Es cálculo. Y el cálculo, cuando se disfraza de bondad, huele peor que el cinismo a cara descubierta.
Más que un formulario
Una nación no es un formulario telemático. Es una lengua, una memoria y un pacto entre los que ya no están, los que estamos y los que vendrán. Se puede ensanchar, claro que sí, siempre se ensanchó, pero se hace con luz, con palabra y con verdad, no clicando aceptar. A este paso, el día que quieran vendernos entera, lo harán también por internet. Y encima nos pedirán que valoremos el servicio.
Si has llegado hasta aquí, es que esto te importa.